Llega octubre y Lima cambia de color. La gente se viste de morado, las calles del centro se llenan de fieles y una imagen de Cristo pintada en un muro sale en andas a recorrer la ciudad durante días. Es el mes del Señor de los Milagros, y no hay devoción más grande ni más masiva en todo el país.
Se le puede ser ajeno a la fe y aun así quedar impresionado. El «mes morado» transforma la ciudad de una manera que va mucho más allá de lo religioso. Es cultura, es tradición, es identidad limeña concentrada en cuatro semanas.
Una historia que arranca en un muro
El origen se remonta al siglo XVII. Se cuenta que un hombre de origen africano, esclavizado, pintó una imagen de Cristo crucificado en la pared de un galpón en la zona de Pachacamilla, en Lima. Con el tiempo el lugar quedó medio abandonado, pero la imagen seguía ahí.
En 1655 un fuerte terremoto sacudió Lima y derrumbó casi todo alrededor. Casi todo, menos ese muro con la imagen, que quedó intacto. La gente lo tomó como un milagro, y de ahí en adelante la devoción no paró de crecer. Nuevos temblores en las décadas siguientes, y el muro siempre en pie, no hicieron más que reforzar la fe.
La imagen que hoy sale en procesión es una réplica pintada sobre un anda, pero el muro original todavía se conserva y venera. De un acto humilde, la pintura de un esclavo en una pared, nació la tradición religiosa más grande del Perú.
La procesión
Cada octubre, en fechas señaladas, la imagen sale en un anda pesadísima que cargan por turnos las cuadrillas de la Hermandad del Señor de los Milagros. El recorrido dura horas y horas, a paso lento, entre multitudes que acompañan caminando, rezando y cantando.
Es, de lejos, una de las procesiones más multitudinarias del continente. Cientos de miles de personas, a veces se habla de millones a lo largo del mes, participan de una u otra forma. Ver el anda avanzar entre el humo del incienso y el mar de gente vestida de morado es una imagen que no se olvida.
Los cargadores visten hábito morado con cordón blanco. Las mujeres de la hermandad, las sahumadoras y las cantoras, van de blanco perfumando el aire con incienso y entonando cánticos. Por donde pasa el anda, la ciudad se detiene.
El turrón de doña Pepa
Octubre no es solo procesión. Trae también un dulce que aparece sobre todo en estas fechas: el turrón de doña Pepa. Son palos de masa dulce y crocante, apilados y pegados con miel de chancaca, y coronados con grageas de colores. Es pegajoso, dulcísimo y adictivo.
La leyenda cuenta que una mujer afrodescendiente liberta, llamada Josefa Marmanillo, sufría una parálisis en los brazos y se curó por su devoción al Señor de los Milagros. En agradecimiento habría creado este turrón. Cierto o no, el relato une el dulce a la fe, y hoy comer turrón en octubre es casi un gesto de tradición más que de golosina.
Durante todo el mes se vende en cada esquina, en puestos y pastelerías. Combina, por supuesto, con muchas otras cosas de nuestra cocina mestiza, pero en octubre el turrón manda.
Más que religión
Acá está el punto que vale la pena entender. Se puede no ser creyente y aun así sentir que el octubre morado es parte de ser limeño. La ciudad entera se mueve al ritmo de esta fe: el color en la ropa, el olor a incienso y a turrón, las calles cerradas, la conversación en cada casa.
Es de esos fenómenos donde la religión y la cultura se funden hasta que ya no se pueden separar. Para el creyente es fe profunda. Para el que mira desde afuera, es un espectáculo humano impresionante y una lección sobre cómo Lima se aferra a sus tradiciones. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo, y ahí está su fuerza.