Jarana es fiesta criolla, pero no cualquier fiesta. La jarana de verdad, la de la vieja escuela, tiene forma, tiene turnos y tiene reglas que nadie enseña de manera formal y que todos aprenden a golpes de noche. Meterse a una sin conocerlas es como entrar a un juego cuyas normas todos manejan menos tú.
La buena noticia es que esas reglas se pueden contar. La mala es que, contadas, pierden la mitad de la gracia. Igual vamos a intentarlo, porque saber cómo funciona ayuda a disfrutarla y, sobre todo, a respetarla.
El contrapunto, el corazón de todo
El centro de la jarana tradicional es el contrapunto. Dos cantores, o dos grupos, que se responden, se retan y se lucen por turnos. No es un dueto armonioso. Es una competencia amistosa pero competencia al fin. Uno canta una copla, el otro responde con otra, y así se van picando, subiendo la apuesta, buscando dejar sin respuesta al contrario.
El que se queda sin repertorio pierde. Por eso los buenos jaraneros tienen memoria de elefante y un archivo enorme de versos, coplas y respuestas guardado en la cabeza. La jarana premia al que sabe, no solo al que canta bonito.
El armado mínimo
Para armar una jarana se necesita poco pero bueno. Al menos una guitarra, un cajón y palmas. La guitarra lleva la armonía y el punteo. El cajón pone el pulso. Y las palmas, ojo con esto, no son adorno.
Las palmas son instrumento. Marcan el ritmo, sostienen a los que cantan y no pueden fallar. Un jaranero que no sabe palmear se nota al segundo y desafina la fiesta entera. Hay quien dice que se conoce a un criollo de verdad por cómo palmea, y algo de cierto tiene.
La marinera abre
En una jarana formal, la marinera suele abrir el contrapunto. Es un baile de coqueteo entre hombre y mujer, con pañuelos, y tiene sus tres partes bien marcadas. Se piden «tres marineras» de arranque, por tradición, y el ambiente se calienta con cada una.
Después de la marinera viene la resbalosa y la fuga, que es donde todo se acelera. La fuga es el remate rápido y encendido, el momento en el que la fiesta llega a su punto más alto. Si llegaste hasta ahí, ya estás dentro de la jarana con todas las de la ley.
Las décimas y los decimistas
En las jaranas más tradicionales aparece la décima. Son estrofas de diez versos con una métrica estricta, una forma antigua que en el Perú encontró tierra fértil. Los decimistas las improvisan o las recitan de memoria, y se pican entre ellos midiendo ingenio y velocidad.
Ver a dos buenos decimistas enfrentándose en verso es de lo mejor que da la noche criolla. Es rap antes del rap, con guitarra de fondo y siglos de tradición encima. Cuando uno deja sin respuesta al otro, la mesa entera lo celebra.
Las reglas no escritas
Más allá de la estructura musical, hay un código de conducta que conviene conocer.
- La jarana no se apura. Empieza con calma y va subiendo. Si a medianoche ya parece que se acaba, es que no era jarana de las buenas.
- Cuando alguien canta en serio, se escucha. Se acompaña con palmas si toca, pero no se le pisa.
- Se convida. La jarana es de compartir: el pisco, la comida, el turno de cantar. El egoísta rompe el hechizo.
- Se respeta al que sabe más. En una jarana hay jerarquías invisibles, y el que domina el repertorio manda el ritmo de la noche.
La amanecida
Y una última regla, la más importante de todas. Una jarana de las buenas no termina temprano. Termina con la amanecida, con el desayuno servido, la voz rota, las manos rojas de tanto palmear y la promesa, siempre, de repetir pronto.
Esa es la medida. Si saliste antes de que aclarara, disfrutaste una fiesta. Si te quedaste hasta el caldo del amanecer, viviste una jarana. La diferencia la entiende cualquiera que la haya vivido aunque sea una vez.