Hay música criolla para sentarse y música que no te deja quieto. El festejo es de la segunda. Rápido, alegre, con el cajón mandando y el zapateo de por medio, es la cara más física y más gozadora de la herencia afroperuana. Cuando arranca un buen festejo, hasta el más tímido termina moviendo el pie.
Su hermano el landó es otra cosa. Más lento, más sensual, con un balanceo de cadera que lo delata al toque. Los dos vienen de la misma raíz negra de la costa peruana, pero cuentan cosas distintas. El festejo celebra. El landó seduce.
Una música que casi se pierde
Acá hay una verdad incómoda que conviene decir. Durante mucho tiempo esta música estuvo escondida, arrinconada, casi perdida. La cultura afroperuana fue ninguneada por décadas, y con ella su música. Muchos ritmos sobrevivieron a duras penas, transmitidos de boca en boca en las comunidades negras del sur chico, en Chincha, en Cañete, en El Carmen.
Que hoy podamos hablar de festejo y landó con naturalidad se lo debemos a un grupo de personas que decidieron rescatarlo antes de que desapareciera. Y ahí hay dos nombres que hay que aprenderse.
Los Santa Cruz
Nicomedes y Victoria Santa Cruz, hermanos, fueron claves en ese rescate. Nicomedes fue decimista, folclorista e investigador. Recopiló, escribió y devolvió a la luz un montón de material que se estaba borrando de la memoria colectiva.
Victoria fue coreógrafa, compositora y directora. Puso en escena la danza y la música negra con una fuerza que impresionó a quien la vio. Su poema «Me gritaron negra», dicho por ella misma, sigue siendo un golpe en la mesa contra el racismo. Los dos, cada uno a su manera, le devolvieron el orgullo a una cultura que muchos habían tratado de tapar.
Después vino Perú Negro, la compañía fundada por Ronaldo Campos que llevó esta música y esta danza a teatros de todo el mundo. Y llegaron voces enormes como la de Eva Ayllón, que le dio al landó una profundidad que no se olvida. Sin toda esa gente, hoy tendríamos un hueco enorme en nuestra música.
Los ingredientes del sonido
El festejo se arma con cajón, guitarra, palmas y coros. Pero tiene un instrumento que llama la atención de cualquiera que lo ve por primera vez: la quijada de burro. Sí, la mandíbula seca de un burro o un caballo, que suena rascándola o golpeándola, con los dientes vibrando. La primera vez que la oyes te parece rarísima. La segunda ya no puedes imaginarte el festejo sin ese chasquido.
A veces se suma la cajita, una cajita de madera que se abre y se cierra mientras se golpea, herencia de las cajas de las iglesias coloniales. Todo junto arma un tejido rítmico denso y contagioso.
El zapateo, capítulo aparte
El zapateo afroperuano merece párrafo propio. Es baile, es competencia y es show al mismo tiempo. Dos bailarines se enfrentan a punta de pies, respondiéndose figura por figura, cada vez más rápido y más complicado, hasta que uno se cansa o se equivoca. El público azuza, aplaude el ritmo y elige mentalmente a su favorito.
Verlo en vivo es de lo mejor que da una noche criolla. No hay pantalla que le haga justicia. Es puro cuerpo, sudor y picardía.
El landó, para lo lento
Si el festejo es fiesta pura, el landó es tempo bajo y sensualidad. Su ritmo tiene un vaivén que se mete en el cuerpo casi sin querer. «Toro Mata» es probablemente el landó más conocido, y existe en mil versiones. La de Celia Cruz lo llevó lejos, pero las versiones peruanas, como las de Perú Negro o Eva Ayllón, tienen un peso especial.
Por dónde entrar
Si nunca escuchaste esta música, el camino es corto. Empieza por «Toro Mata» en cualquier versión afroperuana. Sigue con algún festejo movido y con un par de landós de Eva Ayllón. Déjate llevar sin analizar mucho.
En diez minutos vas a entender dos cosas. Una, que esta raíz es tan nuestra como el vals, aunque durante años se hablara muchísimo menos de ella. Y dos, que es imposible quedarse quieto. Esa, al final, es toda la gracia.