El vals criollo llegó a Lima como un baile de salón y terminó en los callejones. Esa es, en dos líneas, toda su historia. Lo que empezó siendo música europea para gente acomodada bajó de tono, cambió de acento y se volvió nuestro. Cambió tanto que hoy, cuando alguien afuera escucha un vals peruano, le cuesta creer que venga del mismo tronco que el vals vienés.
La diferencia está en casi todo. El compás es distinto, más marcado por la guitarra. El pulso se demora, se estira, deja respirar la letra. Y esa letra, casi siempre, habla de cosas que le pasan a la gente común y corriente.
Cómo llegó y cómo se transformó
A mediados del siglo XIX el vals europeo era furor en los salones de la Lima acomodada. De ahí bajó, como bajan casi todas las modas, hacia los barrios populares. En los callejones del centro, en el Rímac y en los Barrios Altos, la gente lo agarró y lo hizo suyo.
La guitarra pasó a mandar. El cajón entró después y le puso el pulso que hoy reconocemos. Y las letras dejaron de hablar de bailes elegantes para contar la vida del barrio: el amor que se fue, la pobreza con dignidad, la nostalgia por una Lima que ya se estaba yendo. El vals se volvió crónica cantada de la ciudad.
La guardia vieja
Se le dice «guardia vieja» a la primera gran generación de compositores criollos, más o menos entre 1900 y 1920. Ahí está la semilla de casi todo lo que vino después. Sin esa gente no existe el repertorio que hoy se canta de memoria.
Felipe Pinglo Alva es la figura central de ese período. Nació en los Barrios Altos en 1899, trabajó de empleado y murió joven, en 1936, dejando una obra que le cambió la cara al vals. «El plebeyo» y «El espejo de mi vida» marcaron un antes y un después. Antes del él, el vals hablaba sobre todo de amores. Pinglo metió el tema social, la desigualdad, la vida del obrero, y lo hizo sin bajar la calidad poética. Por eso lo llaman, con razón, el padre de la canción criolla.
Alrededor suyo hubo muchos más. Dúos, tríos y guitarristas que tocaban en jaranas que duraban hasta el amanecer, donde las canciones se estrenaban y se corregían sobre la marcha. La música no salía de un estudio, salía del patio.
Chabuca y el salto de calidad
Décadas más tarde, Chabuca Granda le dio otra vuelta de tuerca al género. Compuso valses más libres, con letras que rozan el poema y armonías que se salían del molde tradicional. «La flor de la canela» dio la vuelta al mundo y de paso convirtió a Lima entera en una postal caminando por el Puente de los Suspiros.
No todos la aceptaron al principio. A algunos criollos de la vieja escuela les parecía que se alejaba demasiado del vals de callejón, que era demasiado sofisticada. El tiempo le dio la razón a ella. Hoy es imposible pensar la música peruana sin su nombre, y muchos de sus valses son ya parte del repertorio esencial.
Después de Chabuca vinieron muchas voces enormes. Arturo «Zambo» Cavero con la guitarra de Óscar Avilés formaron una dupla que se metió en el alma del país. Lucha Reyes le puso al vals un dolor que todavía estremece. Cada generación encontró su manera de mantenerlo vivo.
Cómo suena un vals bien tocado
Un vals criollo de verdad tiene pocas cosas, pero todas tienen que estar bien. Guitarra que puntea y rasguea a la vez, marcando el vaivén. Cajón que sostiene el ritmo sin taparlo todo. Y una voz que no le tiene miedo a quebrarse un poco, porque en el quiebre está la emoción.
Si a eso le sumas palmas y una segunda voz que hace el contracanto, ya no estás escuchando un vals, estás en plena jarana. Y ahí la cosa cambia: deja de ser música para escuchar sentado y se vuelve música para acompañar, para cantar a coro, para pedir «otro» cuando termina.
El día del vals
Cada 31 de octubre se celebra el Día de la Canción Criolla, y medio país canta valses al mismo tiempo. La fecha nació en 1944 y se instaló para siempre. En las peñas, en las casas, en la radio, ese día la ciudad se pone criolla de verdad.
Es la mejor prueba de lo que decíamos al comienzo. Un baile prestado, traído de Europa para salones ajenos, terminó convertido en lo más propio que tenemos. Si quieres empezar a conocerlo, escucha «La flor de la canela», «El plebeyo» y cualquier cosa que cante el Zambo Cavero. En media hora vas a entender por qué a los limeños se nos hincha el pecho con esto.